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Lluvia, viento, frío… sensación ártica llegando a Tudela de Duero. ¡Pensé que se me caían los dedos!

Hola a todos!
¡Pensé que me quedaba sin dedos! Hacía mucho tiempo que no me veía obligado a orinar sobre mis manos (¿desde Aislado?), pero llegando a Tudela de Duero tuve que hacerlo para seguir adelante. Situación: viento en contra (hasta aquí engorro asequible), pero de pronto comenzó a llover a cántaros, bajó la temperatura, y al mismo tiempo se levantaron rachas de viento furibundas (combinación perfecta para hacerte sentir como Scott intentando llegar al polo en camiseta). La sensación térmica se hizo de frío antártico. No sentía mis manos; perdí por momentos conciencia de tener aún los dedos en su sitio. Durante minutos apreté la pértiga del remo con todas mis fuerzas tratando de alimentar el flujo sanguíneo; di palmas; me froté como pude con las manos empapadas; cambié de banda el remo cada dos por tres para mantener mis manos en continúo movimiento, pero… No había donde guarecerse; el viento sopló con más violencia…

La lluvia continuó, repiqueteando con fuerza contra mi casco Glackma, castigando a Zapper y a los pobres bultos de carga. Por fin me parapeté tras un arbusto que precipitaba su fronda sobre el río; di la espalda al viento, me arrodillé, abrí la cremallera de mi traje (¿seco?) y coloqué las manos sobre mi barriga tratando de transmitirles el calor que pedían a gritos. Así un rato, después, sin sentirlo en absoluto, oriné sobre ellas lentamente, frotándolas con suavidad, como si estuviera dándome una crema. Las sentí resucitar. ¡Orina contra el frío! Y otra vez arriba y a remar con fuerza contra el viento insolente. Diez minutos más tarde mis manos volvían a congelarse, pero yo había ganado ya un tiempo precioso, acercándome a escasos metros del primer azud de Tudela.

Descolgar la embarcación sobre el salto de agua ya fue lo de menos; aún así esta vez aseguré a Zapper alrededor de mi cadera, porque haberla dejado en mis manos insensibles habría sido arriesgar demasiado. Cuando Javier (un tío majísimo: aventurero, motero, de esos que se han dado más vueltas al mundo que Elcano), me abrió la cochera del hotel Puerta del Arco (él lleva el restaurante y se come de vicio) para guardar a Zapper junto al embarcadero, creí ver al arcángel San Gabriel anunciando mi propia resurrección, convirtiendo en luminoso el día gris y áspero. Gracia plena. Me costó Dios y ayuda quitarme el traje, por cierto, incapaz de presionar las yemas de mis dedos, de tirar de las bocamangas, de las perneras… ¡¡¡¡Horrible!!!! La tortilla (espectacular) y la hamburguesa que me sirvió después Javier dulcificaron mi día…

Para aliviar mi esforzada espalda visité a Javier (Atira Gym), y probé su tabla invertida, estirando hasta la última vértebra (Javier, otro tío majísimo; la simpatía la debe dar este río 😆 ). Siendo sincero noté el beneficio en cuanto me bajé del artilugio (estuve unos cinco o seis minutos cabeza abajo escuchando a los Guns and Roses, qué más se puede pedir). Mano de santo, chicos. Volveré a probarla.

Azudes del Duero. Piedras en el camino…
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Paisajes cambiantes. El Duero es siempre impredecible y maravilloso.
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Estirando la espalda en la tabla invertida. Te deja como nuevo.

Menuda jornada la mía. Salí de Sardón apabullado por la belleza del río y la aparición de dos secuoyas gigantes y gemelas (sí, secuoyas) a pocos metros del lugar en el que guardé a Zapper al llegar la tarde anterior: un casetón junto al río que me abrieron José Luis, el alcalde, y su mujer (encantadores. Qué bien me trata la gente en este río, no me cansaré de decirlo). Con ellos y mis compañeros de etapa (ahora hablo de ellos) degusté unos estupendos torreznos en el Hostal de la Ribera. Allí me dijeron que esas secuoyas llegaron a Sardón hace más de cien años, al parecer gracias a un viajero aventurero que se dedicó a plantarlas allá por donde la vida le llevó de paso (curiosa costumbre; desde luego bastante más loable que esa otra de ir sembrando la ribera de plásticos y botellas).

Por cierto, que durante la etapa pasé por uno de los momentos más complicados del viaje (siempre que uno prevé jornada sencilla, llega Murphy con su ley y la lía). A pocos kilómetros de Sardón hay una presa que parece infranqueable. Por la izquierda (leyendo el río aguas abajo) el terreno es arcilloso, muy alto, y trepar por él es un desdichado ejercicio. Por la derecha la salida es engorrosa, entre juncos y zarzas, y el porteo posterior se le hace a uno más largo que la M-30 en triciclo. Así que decidí amarrar un cabo (en realidad tres cabos unidos) a la popa de Zapper y dejarla caer con cuidado por el tobogán vertical de la presa. Unos 9 metros, a ojo de buen cubero. Después, con todo el tiento del mundo para no abrirme la crisma (casco y chaleco siempre puestos), bajé como pude asegurando un extremo de un cabo a mi chaleco, y el otro (ambos nudos as de guía) alrededor de un cable que, pegado a la pared de la central, viaja de arriba a abajo de la presa para asegurar a los operarios durante sus trabajos. Tensión, música de misión imposible, y por fin, a los pies de la cascada de agua tras casi media hora de película…

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Presa entre Sardón de Duero y Tudela. Hay que jugar al tetris para sortearla cuando llevas una embarcación cargada. Salir del río ya tiene su miga, pero volver a él de una manera convencional te obliga a portear el peso durante demasiado recorrido. Yo opté por descolgar a Zapper los 8/9 metros por el tobogán de agua. Y la jugada salió bien.

Y por supuesto… ¡he tenido amigos estos días navegando a mi lado! En Pesquera de Duero se unió a mí un chico de Valladolid, Jota, técnico de rayos (X, eh, no de los que caen del cielo) con su piragua de pesca. Magnífico compañero de viaje. Está bien combinar la introspección del viaje en solitario con las buenas compañías. Compartimos charla, chorizo casero y lomo y frutos secos. Ah, y apuntad si practicáis aventura en el agua. Jota me ha enseñado la mejor funda estanca calidad/precio que he visto hasta hoy. Él la conoce bien por su trabajo en un hospital. Atención: los envases grandes para tomar muestras de orina. No es broma: 1 litro de capacidad, doble tapa, cierre estanco, y ¡1 euro en farmacias! En cuanto vuelva a Madrid me hago con un cargamento.

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Jota, gran tío. Por cierto, su padre Florentino nos fue siguiendo por tierra. Otro tipo estupendo. Así da gusto. viajar.
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Bote estanco para muestras de orina. 1 eurito en farmacias. Ideal para llevar documentos.

En la presa anterior a Sardón se unió a nosotros Dani; otro tío fetén. Policía en Valladolid, le pega al paddle surf de lujo. Lleva tabla larga de travesía (las llaman “race” y van como bólidos acuáticos, sobre todo si quién rema es un tío como él). Fantástico compañero de viaje para culminar la llegada al puente de Sardón.

Y ahora, desde Tudela, os mando energía y buen rollo para este finde. Mañana domingo intentaré hacer la etapa más larga desde el comienzo; básicamente la idea es tirar millas hasta que pueda: Puente Duero, Villanueva de Duero, o San Miguel del Pino, según se de la jornada, serán puntos de llegada. Vamos!!!! Fuerza y honor! Nos “vemos”!

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Con Jota y Dani, en el hotel La Puerta de la Ribera.
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Río Duero caleidoscópico.
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Ensoñaciones del Duero…
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Colores de la ribera.
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Belleza amenazante. Ay, río Duero…
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Las venas de la tierra. El Duero cambia de paisaje a cada giro. Todo es un regalo.
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Duero amazónico. A veces, cuando navego en soledad y en silencio, intuyo brazos indígenas entre la fronda..

 

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