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Entrando en Aranda, acompañado por los chicos del club Espeleoduero. Mil gracias!

Hola a todos!
Lo puedo decir gritando de felicidad: ¡¡síiiii!!, ¡¡sobreviví al tragahombres!! El tragahombres: el rápido de los rápidos; el temible tobogán de aguas; la cadena de olas salvajes entre Aranda y Roa; un terrorífico (tengo que exagerar un poco, comprendedme) infierno de agua, culpable hasta de la separación de una pareja (que no es coña, es cierto: iban en una piragua doble y volcaron; él siguió río abajo impulsado por la corriente y ella se quedó compuesta y sin novio incrustada contra los árboles que cruzan el cauce. No se volvieron a ver (ese día), y cuando lo volvieron a hacer fue para despedirse, como hace el Duero con sus orillas serpenteando hacia Oporto. Cosas del amor. La vida).

Navegué hasta Roa (donde anduve ayer; hoy ya estoy en Pesquera, Valladolid, dónde hay mas bodegas que árboles), con José Luis, el “abu” del club piragüista espeleoduero. Un tipo magnífico. Sorteamos presas, pero sobre todo rápidos. Muchos rápidos. Mientras, Edu, otro buen tío de Aranda, nos seguía con su moto por el GR del río haciéndonos fotos.

Primera parte del recorrido lenta y con viento en contra, muy sufrida; la segunda (tras descolgarnos como Tarzán por algunas presas), divertida a más no poder brincando con la Zapper y la piragua (casera, fabricada por él mismo) sobre los toboganes de agua. Uno tras otro librados con diligencia y alegría, incluido el tragahombres… Entré a saco Paco, siguiendo los consejos de José Luis, brinqué sobre su lomo, aguanté el tipo como pude, y ¡sobreviví! ¡Grité de alegría!

Y así hasta el puente de Roa. Un tobogán tras otro hasta llegar al último rápido cabroncete, en el mismo ojo del puente. Allí, bajo las piedras centenarias, entre espumarajos y piedras afiladas y olas con mandíbulas y dientes visibles, fui devorado, deglutido. Al agua. Leñazo al canto y la Zapper por un lado y el remo y yo por otro -medio sumergidos-, arrastrados por la corriente decenas de metros, mientras el agua comenzó a meterse entre las rendijillas y agujeros de mi traje (comprendí entonces que ya no es seco). Menos mal que era final de etapa. Terminé empapado, como las nutrias que José Luis y yo vimos antes, entre los árboles del río, a punto de lanzarse de cabeza al agua (por cierto, que gracias a José Luis descubrí grandes misterios del Duero: que las ratas de agua antaño se comían y eran un manjar; que los cangrejos se esconden entre las raíces de los árboles ribereños; que la sabina es buen lugar para cobijarse y guarecerse de la helada; que la encina arde que da gusto y su ascua dura más que una pila alcalina; que los trigueros crecen en un arbusto que ya reconozco, creo… Pa´escribir un libro. Ah, y las anécdotas de José Luis, para morirte de risa. ¡Qué tío! Encantador. Un crack).

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Con Edu y José Luis “abu”. ¡Muy grandes!
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Hinchando la Zapper antes de partir con Charo en el monasterio de La Vid.

La jornada anterior la abordé con otra palista del club: Charo. Maravillosa, como todos los de este equipazo arandino. Partimos del monasterio de la Vid, navegamos contra el viento, sorteamos varias presas, porteando las embarcaciones cuando fue necesario, y nos plantamos en Vadocondes, que vista desde el agua a mí me recordó un pueblo holandés de los cuadros del siglo de Oro, pero Charo me dejó entrever que estoy mal de la cabeza y que el pueblo rezuma Castilla y más Castilla se mire cómo se mire. Charo manda  😎

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Vadocondes, ¿cómo en una pintura holandesa?
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Llegando a Vadocondes. Serenidad…

Allí nos esperaban otros amigos del club que ya nos habían grabado en algunos puntos del recorrido (Pablo hasta metiéndose en calzoncillos en el Duero que, como todo el mundo sabe, estos días está muy calentito… 😆 ). Comimos queso, lomo, turrón blando (¿de qué año Charo?, jajaja), chocolate, nueces… y vuelta al río. Al pasar la presa de Vadocondes nos quedamos casi sin caudal, y por primera vez desde mis tiempos sorianos de Duruelo, me vi obligado a tirar de la Zapper y su carga, caminando sobre el lecho pedregoso del río durante unos doscientos metros, como Robert de Niro en La Misión. Una y otra vez, las piedras nos obligaban a bajarnos de la embarcación cuando parecía que el caudal volvía a ser suficiente.

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¡Equipazo Espeleoduero!
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Con Charo, de La Vid a Aranda.

Después navegamos y hablamos de la vida y de las relaciones de pareja, y del trabajo y de las pasiones; de piragüismo y de paddle surf, y del río y su maldito viento en contra. Hasta llegar a la última presa. Allí nos esperaban otros piragüistas del club para ayudarnos a portear las embarcaciones, acompañaros hasta Aranda, y sacarnos fotos y charlar durante los últimos metros. Qué delicia de entrada en la ciudad por su río ensanchándose orgulloso. Final de viaje. Fantástico. Pero no me fui a la cama; todavía no. Después me invitaron a una chuletada. ¿Cómo puede uno agradecer tanta generosidad? Es maravilloso comprobar que las aventuras, las pruebas, los retos, estas cosas fascinantes que a ratos nos incomodan y nos hacen sufrir más de la cuenta, pero que nos conectan realmente con la naturaleza y con nosotros mismos, son el acicate idóneo para ponernos francos en los brazos fuertes de los otros, para ganarnos y dejarnos ganar ese tesoro auténtico y verdadero que es la amistad. Amistad sincera. Amistad duradera, porque es la autenticidad lo que logra perpetuarla. ¡Gracias a los amigos de Aranda! Chavales, como soy de Santander, y desde Madrid me pilláis de paso, no os libraréis de mí tan fácilmente, jejeje.

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Con los trabajadores del ayuntamiento de Roa, ayudándome a llevar a Zapper hasta el río. Gracias!

Y hoy por fin estoy en Pesquera (pueblo de bodegas por doquier). La etapa comenzó bien; avanzando a buen ritmo; parecía un magnífico miércoles sin percances, pero… en la primera presa del día, intentando avanzar de pie sobre una tubería colocada sobre el cauce, resbalé, y, como diría José Luis (Espeleoduero), hice el submarinista. Frío de mil diablos. Era muy de mañana y me costó sacudirme ese frío de encima una horita, apretando la pértiga del remo con los dedos para activar la circulación. Luego asomó un sol tímido y… volví a caerme en la segunda presa; ésta vez sobre la gravilla, que por lo menos no estaba tan húmeda…

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Río Duero, río Duero, me haces pensar más de la cuenta…

Pero lo mejor estaba aún por llegar… Hay un pueblo bonito desde el río: Bocos, que tiene la presa más complicada a la que me he enfrentado hasta hoy. Un azud vertical, en caída libre de agua a raudales, sin salidas aparentes para el navegante. Una hora “apresao” en el asunto. Al final, por uno de los lados, haciendo equilibrios, tuve que sacar a Zapper sobre una tubería flotante de hierro, para volver al cauce aguas abajo amarrando un cabo a su popa, dejando la embarcación caer por una pared vertical de unos 6 metros mientras sujetaba con fuerza el otro extremo. Después me lancé yo como pude, bajando por una pared que habría hecho gozar a Spiderman… ¡¡¡Una hora “apresao”!!!

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Presa de Pocos. Prueba superada.
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¿Y ahora qué? Pregunta habitual en el Duero.

Después todo mejoró. Pude comer: bocata de jamón, nueces, plátano y orejones de albaricoque, y remé y remé (gran parte de tiempo contra el viento), para llegar por fin a Pesquera antes de lo previsto. 33 km. 100 en tres días. Nada mal.

Voy a cenar algo, a preparar la ruta de mañana (quiero llegar a Sardón), y a descansar. ¡Os veo mañana! Fuerza y honor. ¡Os quiero!

IMG_2968Mola cuando las cosas salen bien, aunque cuesten un mundo…

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Hasta el quinto pino y más allá…
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Puentes sobre el Duero.
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Puentes arruinados; qué buen servicio hicisteis.
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Presa de San Martin de Rubiales salvada.
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Río Duero, también de oro.

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